IGLESIA ORTODOXA DEL ECUADOR
UKRAINIAN ORTHODOX CHURCH IN AMERICA / ARQUIDIOCESIS DE ECUADOR, CENTRO Y SUDAMERICA

EL LLAMADO AL SACERDOCIO EN LA IGLESIA ORTODOXA EN LA ARQUIDIOCESIS DE ECUADOR, CENTRO Y SUDAMERICA

En la Arquidiócesis Ortodoxa de Ecuador, Centro y Sudamérica, poseemos una visión que parte de la forma clásica y única que posee la tradición de la Iglesia Ortodoxa, junto con la expresión propia que ha querido darle el Arzobispo Chrysóstomos quien conocedor de las situaciones humanas que se dan en la mayoría de las vocaciones, desea en las particularidades de la Iglesia Ortodoxa presente en Sudamérica se cuide especialmente de las vocaciones que son verdadero futuro de la Iglesia.

I. LA UNIFICACIÓN DE LA PERSONA, META DE LA FORMACIÓN DEL FUTURO PRESBITERO

La formación para el ministerio presbiteral parte de la concepción del presbítero como "representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor" y al mismo tiempo sus implicaciones directas al pueblo de Dios. Por ello la formación para el presbiterado, en la ortodoxia busca antes que nada una vivencia espiritual, mística, que no se divide de su preparación humana y total. 

El ideal que dé identidad al formando será, por tanto, llegar a ser representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor. Identidad teológica, que progresivamente ha de hacerse identidad existencial mediante el proceso formativo.

Lograr la identidad personal es una aspiración de todos y responde a la necesidad del espíritu de mantener su identidad propia, pero purificada por la presencia santificante del mismo Cristo en una unidad perfecta que coopera con el deseo de la Iglesia de trasmitir la gracia. Si un hombre no supera la multiplicidad interna de las fuerzas que lo arrastran, y en particular de las diferentes corrientes de conocimiento y de fe y de las diversas energías vitales que actúan en su espíritu, seguirá siendo un esclavo más que un hombre libre y no logrará su identidad personal y unificante con Cristo. Sangre, sudor y lágrimas son necesarias para esta tarea sumamente difícil que es la unificación de nuestro mundo interior.

¿Cuál sería el elemento unificador, capaz de hacer la síntesis que integre las diversas polaridades para que la persona pueda ir logrando su identidad?

Esta pregunta se la hicieron a Jesús, aunque formulada en otros términos: "¿Cuál es el primer mandamiento de todos? Jesús contestó: El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas sus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos" (Mc 12, 28-30). La respuesta de Jesús conecta plenamente con la experiencia personal de cada uno de nosotros, pues el hombre no puede vivir sin amor y “Dios es Amor”. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente

De ahí que sea el amor el agente de la unificación y de la identidad de la persona cristiana. "El amor llega a todas las dimensiones de la vida y de la persona: «El amor a Dios y al prójimo no es un aspecto parcial de nuestra vida al lado de otros, sino que es el único que puede dar a la existencia humana su unidad e integración» (L. F. Ladaria) porque el amor es la verdad del hombre por su relación con el Amor en el que somos y vivimos. Tiene pleno sentido la frase de los Padres de la Iglesia: «Cada uno es lo que es su amor», es decir, nos debemos convertir en aquello que amamos. 

Si el amor logra la integración y la unidad de la vida de todo cristiano, así ha de ser de manera plena el cristiano ortodoxo presbítero. Así, pues, el ministerio presbiteral, como representación sacramental de Cristo Cabeza y Pastor, da identidad al presbítero, y tal identidad se hace realidad personal merced al poder unificador de la caridad pastoral, don del Espíritu y respuesta humana, en un proceso al hilo de la vida.

II. DIFICULTADES PARA LA UNIFICACIÓN

1. La difícil unificación de la vida cristiana

El trabajo espiritual, psicológico, pastoral etc, de ayudar a una persona a unificarse con miras al sacerdocio ministerial, se complica además ante la realidad de una Latinoamérica con una identidad compleja y muy diferente de las identidades que existen en los países clásicos ortodoxos, por lo que debemos ayudar al candidato de una manera muy particular y única. Incluso con dolor hemos comprobado que entre y dentro de las comunidades que de manera insipiente han querido dar vida a la Iglesia Ortodoxa, se encuentran rencillas, envidias y hasta odios que no han ayudado en absoluto al crecimiento de la verdadera Ortodoxia.

Es esta una dificultad muy vieja. Testigos de ella son los mismos textos del Nuevo Testamento, que reflejan sin duda los problemas que iban apareciendo en el seno de las primeras comunidades. Bástenos recordar las insistencias de Juan: Si alguno dice: "Yo amo a Dios", y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve (1 Jn 4, 20). O las de Santiago: Y si alguno dice: "Hay quienes tienen fe y hay quienes tienen obras", yo le responderé: "Pues a ver si puedes hacerme ver tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe" (Sant 2, 18).

No es menos grave el error de algunos ortodoxos, que piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si estos fueran ajenos del todo a la vida religiosa y espiritual, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época

Yendo al fondo de la cuestión, quizá habría que decir que todo deriva de la dificultad de aceptar y de asumir vitalmente lo más sustantivo y original de la fe cristiana: que Cristo es Dios y es hombre. La historia de las herejías tiene mucho que decir en este punto y es posible que en todo creyente luchen de forma permanente esas tentaciones "heréticas". Pues bien, todo cristiano ha de situarse en esa tensión entre lo vertical y lo horizontal. La síntesis requiere esfuerzos y, además, es tarea permanente. Y el que aspira al sacerdocio, como creyente, tendrá que formarse en esa dirección.

2. La difícil unificación del ser del Sacerdote

a. Desde su misma estructura

Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y por su ordenación, son segregados en cierta manera en el seno del Pueblo de Dios, no de forma que se separen de él, ni de hombre alguno, sino a fin de que se consagren totalmente a la obra a la que el Señor los llama. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida más que de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran extraños a su vida y a sus condiciones. Su mismo ministerio les exige de una forma especial que no se conformen a este mundo, pero, al mismo tiempo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres, y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas, y busquen incluso atraer las que no pertenecen todavía a este redil, para que también ellas oigan la voz de Cristo y se forme un solo rebaño y un solo Pastor

Ser dispensadores de la vida de Dios implica ciertamente una separación o segregación del mundo. Esto queda expresado en la consagración y ordenación, en los ritos, en la doctrina, en el modo de ser y presentarse en el mundo... Esos símbolos separadores deben servir a la misión de reconciliación con el mundo. Pero aquí puede surgir el peligro: que se conviertan en sustantivos, que la reserva se baste a sí misma. Surge entonces la casta o clase sacerdotal, la cual se muestra al mundo como totalmente diferente de el. Los sacerdotes ortodoxos se distinguen incluso de otros sacerdotes de las otras iglesias cristianas, por sus maneras particulares de ser, de vestir, de comer, de vivir y por sobretodo de pensar y orar.

Existe, por tanto, aquí también una tensión necesaria entre estos elementos antinómicos. El sacerdote precisa asumir así las cosas existencialmente para que su misión pueda ser eficaz. Hasta qué punto esto puede ser incómodo y comprometedor queda expresado en el destino final de Cristo, en su cruz.

Así, pues, por una parte, la relación con Cristo del sacerdote ortodoxo es expresión sacramental de la relación que Cristo tiene con su Iglesia, y esto es constitutivo, se sitúa en el ser y en obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio. Cristo hace que la Iglesia realmente sea Iglesia, es decir  que sea misterio de salvación para los hombres, que sea comunión, que sea misionera. Pues bien, precisamente por medio del sacerdocio ministerial la Iglesia toma conciencia en la fe de que no proviene de sí misma, sino de la gracia de Cristo en el Espíritu Santo. Los apóstoles y sus sucesores, revestidos de una autoridad que reciben de Cristo Cabeza y Pastor, han sido puestos -con su ministerio, como prolongación y signo sacramental de Cristo, que también está al frente de la Iglesia y del mundo, como origen permanente y siempre nuevo de la salvación, El, que es el salvador del Cuerpo (Ef 5, 23).

También se debe dejar bien claro que el sacerdote está en la Iglesia. El ministerio ordenado "surge con la Iglesia", en cuanto que es prolongación del "ministerio originario de los apóstoles", que evidentemente, nace con la Iglesia; no es "anterior" a ella. Pero eso significa afirmar también que no puede entenderse "como si fuera posterior a la comunidad eclesial, como si ésta pudiera concebirse como constituida ya sin este sacerdocio". Así pues en la Iglesia ortodoxa es la comunidad de fieles es la que pide el sacerdocio para uno de sus miembros, y no un fiel solo que lo pide para si y solo después hace una comunidad. Un Sacerdote Ortodoxo sin una comunidad que lo pidió desde su origen, es un sacerdote sin razón de ser.

Desde ahí queda claro que el sacerdote no está por encima sino dentro de la Iglesia, hermano entre hermanos, miembro del mismo y único cuerpo de Cristo, a la vez que está frente a la misma para que pueda ser verdaderamente Iglesia de Cristo, lo cual es condición de su propia existencia.  Así pues ya desde que es laico el aspirante a servir a Dios en el Sacerdocio ortodoxo, conforma una comunidad a su alrededor y la ayuda a caminar.

Este modo de entender el sacerdocio ciertamente hace síntesis, pero también deja clara, como puede verse, la imprescindible y permanente tensión entre dos polos a la hora de vivirlo y ejercerlo. A nadie se le oculta la dificultad que comporta saber hacer síntesis en la práctica pastoral y en toda la existencia del presbítero. "Se dan, por una parte, los riesgos de prepotencia autoritaria, manipulación de las conciencias, miedo a perder significado e importancia, falta de respeto a la libertad ejercida por otros colaboradores. Por otra parte, sin embargo, puede existir el abandono de las responsabilidades ante la crítica continua, incapacidad para tomar decisiones y comprometerse con una decisión vinculante, renuncia al ejercicio de una autoridad específica, requerida como servicio a la autenticidad de la fe y a la unidad de la comunidad cristiana" . Se hace, por tanto, necesario que ayudemos a desarrollar un sacerdocio ortodoxo verdadero en Latinoamérica como un continuo ejercicio de discernimiento impulsado y orientado por el amor de Dios y la vida de oración, no sólo en el plano personal sino también como presbiterio o unión entre los sacerdotes ortodoxos.

b. Otros aspectos antinómicos

Debemos trabajar claramente en la idea que el ser sacerdote ortodoxo es radicalmente diferente de la realidad Romana hasta hoy conocida por los latinoamericanos, así, nos encontramos, por ejemplo, que se debe superar el planteamiento que separa y enfrenta: el ámbito sagrado, que correspondería a los "sagrados" ministros, y el profano, correspondiente a los laicos.  Así por ejemplo: el sacerdote ortodoxo comúnmente trabaja para vivir y es un hombre conocido y reconocido por la comunidad cristiana y no llama la atención verlo trabajando en medio del mundo y al tiempo después celebrando solemnemente. Igualmente debemos enseñar con el testimonio, mostrando una verdadera vida santa matrimonial, en el caso de quien fue llamado al sacerdocio después de haberse casado con su mujer. Esto tiene mucha riqueza para nuestra realidad latinoamericana tan mal influenciada por el machismo y la infidelidad matrimonial.

Ante la secularidad, el presbítero está ciertamente necesitando de una mayor profundización teológica, que sin duda llegará poco a poco. Pero nos queda claro que el presbítero no se sitúa en un ámbito especial separado de las realidades del  mundo sino que se sitúa de un modo especial en la dimensión secular de toda la Iglesia.

Debemos recordar que el Sacerdocio ortodoxo es igualmente hacer de padre, guía y coordinador de las funciones necesarias para la Iglesia, así por ejemplo aparte de ser los verdaderos ministros de la palabra de Dios, ministros de los sacramentos y rectores del pueblo de Dios  deben ser quienes den seguimiento y vida a todo el actuar de la Iglesia a su alrededor, haciendo de su parroquia una comunidad de comunidades de fe.

No podemos dejar de mencionar que la Iglesia Ortodoxa, en los países donde es mayoría, no acostumbra a ser misionera ni proselitista, sin embargo en esta tierra latinoamericana, donde no solamente no se la conoce, sino que además se la confunde y hasta sataniza, es un deber implícito en el sacerdote ortodoxo el darla a conocer por todos los medios, buscando que la verdad impere. 

3. La cuestión pedagógica

Todos estos esfuerzos de síntesis desde la reflexión son de gran importancia si se ponen al servicio de la persona en la educación. En la vida concreta del cristiano y, muy particularmente, a la hora de plantearse el sistema educativo de cara a la formación de los presbíteros, es imprescindible tomar conciencia de esas antinomias referentes a la vida cristiana y al ministerio presbiteral que se van haciendo patentes a lo largo del proceso formativo, tanto en el interior de la persona como en el mismo ambiente cultural y eclesial en que se mueve el formando.

Creo que no revelamos nada nuevo si decimos que en la Iglesia Ortodoxa en Latinoamerica estamos tentados continuamente, como individuos y como grupos, a inclinarnos hacia uno de los polos, o sea, a resolver las cosas por el camino más fácil. Quizá esté ahí la clave de algunas de nuestras mutuas suspicacias y hasta descalificaciones. Estas posturas más o menos escoradas hacia un lado u otro no son ajenas a los monasterios y casas de formación, dando lugar a un determinado ambiente educativo. Si realmente concebimos la formación presbiteral como un progresivo identificarse con Cristo y hacemos del amor pastoral la fuerza unificadora de la persona, esta cuestión de los polos dialécticos en los que se funda el ministerio sacerdotal tendrá que ser pieza clave en los planteamientos educativos. El enfoque que se le dé desde las diversas instancias educativas puede ser determinante en la formación del candidato al ministerio y en la edificación de la Iglesia , pues los desequilibrios o parcialidades que aparecen en las comunidades dependen "de los pastores y de los responsables que ayudan en la orientación espiritual y pastoral".

Llegados, pues, a este punto, tendríamos que preguntarnos por las sugerencias pedagógicas para hacer frente a la cuestión, pero considero que antes hemos de acercarnos, siquiera someramente, a las características de los candidatos al ministerio en los tiempos actuales y en nuestra realidad como Arquidiócesis Ortodoxa para Ecuador, Centro y Sudamerica.

III. LOS CANDIDATOS AL PRESBITERADO

Creo que habría que empezar diciendo que la nota más característica de los aspirantes al Sacerdocio Ortodoxo en Latinoamérica de hoy es su extraordinaria variedad. Si hacemos excepción de algunas muy extrañas parroquias, buena parte de los aspirantes no proceden ya, entre nosotros, de una vida ortodoxa de años, y con conocimientos amplios de ritos y de costumbres ortodoxas, esto en países ortodoxos de tradición  proporciona una notable homogeneidad. En nuestra realidad la mayoría de los candidatos aspiran después de terminar el bachillerato en centros diversos, privados o públicos, o bien desde la universidad, tras haber realizado varios cursos de alguna carrera o incluso después de haber terminado los estudios universitarios. Algunos llegan tras haber tenido cierta experiencia laboral, debido sobre todo a la dificultad de acceder a los puestos de trabajo por parte de los jóvenes en nuestros países.

Muchos proceden de amistades parroquiales y de conocer la ortodoxia casi por accidente,  y no de movimientos juveniles y eclesiales de diversa índole. Es  por medio de amistades o incluso de acercarse por curiosidad que se han iniciado en la fe ortodoxa y han descubierto su vocación al sacerdocio. El joven difícilmente puede encontrar su identidad ortodoxa de forma espontánea en una sociedad tan plural como la nuestra, cosa que en otros lugares y países es normal.

Simplificando un tanto las cosas, pero creo que sin faltar por ello a una verdad de fondo, podríamos decir que los jóvenes y adultos que hoy aspiran como candidatos al Sacerdocio Ortodoxa están aún bastante poco embebidos de la realidad ortodoxa y se alinean en "apostólicos" o "espirituales", dependiendo de las características propias de sus medios de conocer la ortodoxia. Algunos dicen: “Me gusta como celebran”, “ Otros dicen me gustan los iconos” y hasta hay algunos que dicen “ Me gusta porque les dejan que se casen”, y todo lo mencionado no son razones de peso para la vocación Ortodoxa y menos pueden considerarse como "modelos vocacionales" a nuestra Iglesia.

Esto crea ciertas dificultades de orden pedagógico. El aspirante lleva en su cabeza un determinado modelo de sacerdocio, acorde con las experiencias espirituales y pastorales que él ha tenido y con el estilo de los sacerdotes que él ha tratado. Ese es el modelo que espera encontrar en su formación y, por tanto, espera también un monasterio o centro de formación que responda a ese modelo. Tal modelo, por otra parte, tenderá a hacer de "filtro" de los contenidos y los medios educativos que se le puedan ir ofreciendo en el centro de formación.

Considerando otros factores (grupos de procedencia, temperamentos, etc.), hay que decir que existe también el aspirante al sacerdocio bastante más cercano a la realidad que busca la Iglesia, más "apostólico", más volcado "al mundo", al mismo tiempo mas claro en las verdades inamovibles litúrgicas, menos hablador y mas conciente de los altos niveles de espiritualidad ortodoxa que debemos tener. Por lo general, han recibido una formación más equilibrada y más sosegada, pero que, en contrapartida, pueden ir perdiendo el fervor en el transcurso de sus  años. Pues la Ortodoxia no es conocer mucho, ni cumplir las normas al detalle, sino descubrir constantemente novedades en el amor a Dios. Y vuelvo a insistir en la gran diversidad, que se resiste a toda clasificación, pues cada joven aspirante lleva consigo su experiencia familiar más o menos favorable, su experiencia psicoafectiva y sexual, su experiencia académica y espiritual, etc.

Así, pues, los jóvenes y adultos que hoy llegan a pedir ser admitidos como candidatos al Sacerdocio Ortodoxo, por sus mismas características, están demandando una formación que sea realmente integradora, pues participan de la nota de fragmentación propia de los hombres de esta época, poseen una experiencia de fe y una visión de Iglesia muy mediatizada por el grupo de procedencia, así como una formación religiosa en general deficiente y una vivencia espiritual aquejada de cierto individualismo e intimismo. Tienen mucho de positivo (la nota de "espiritualidad" es, en principio, muy valiosa), pero se hace necesaria una labor educativa de desvelamiento de aspectos desconocidos e incluso rechazados y de asimilación de los mismos en busca de la identidad presbiteral que va proponiendo la Iglesia Ortodoxa ante la realidad del lugar y tiempo en que se desempeña el ministerio, y que será, como indicábamos, integración de elementos imprescindibles en la persona, si es que queremos hablar de verdadera madurez.

IV. SUGERENCIAS PARA CAMINAR HACIA LA UNIFICACIÓN

1. Aceptar la necesaria tensión antinómica

Para ir afrontando las dificultades señaladas y otras posibles, el primer paso tal vez sea la aceptación por parte de toda la comunidad Ortodoxa de la necesaria tensión antinómica en el proceso formativo. Es decir, que todos son parte de esa formación del candidato y que el ambiente cristiano en donde se desarrolle su llamado al servicio de Dios será el primer medio de ayuda. Así pues no debe ser tomado como negativo el que una persona que decía tener vacación, al cabo de poco tiempo diga que no la tiene y que otra persona de la comunidad cristiana ortodoxa de pronto diga que desea servir. Todos debemos invitar a nuestro medio a comprender estas expresiones propias de un llamado a Dios.

Lo contrario: obligar con una posición cerrada a actuar como “santo” a quien no ha sido consagrado y actuar incluso por apariencia, terminaría por crearnos un falso vocacionado que será indudablemente un falso sacerdote después.

2. Una propuesta no dicotómica de la vida cristiana y del ministerio presbiteral

Además de la toma de conciencia y de la aceptación de la necesaria tensión entre las antinomias que aparecen en el proceso formativo, considero muy importante una propuesta honesta de la vida cristiana y del ministerio como realidades que se mueven en esa tensión. En tal sentido, las "dificultades" expuestas en el capítulo segundo y otras por el estilo han de ser afrontadas de manera permanente en todo el proceso, constituyéndose en objetivos de la formación. Antes que nada el vocacionado debe ser un cristiano en toda la medida de la palabra, y no un hombre disfrazado de sacerdote, que cumple con todas las normativas externas, y que al primer descuido lleva una vida incoherente con lo que predica.

Esta tarea puede resultar difícil y hasta enojosa para jerarcas y profesores, padres espirituales y formadores  y más aún para aspirantes de distintas sensibilidades. Supone un diálogo constante que no eluda la confrontación necesaria y el afrontamiento de posibles conflictos. Pero importa mucho la clarificación de conceptos y de actitudes que pueda ayudar a salir de posicionamientos unilaterales y subjetivistas. Y, aunque esta tarea tenga que ser constante a lo largo de todo el proceso, se hace más necesaria en los primeros años.

3. Un ambiente comunitario integrador

A la propuesta verbal del querer ser sacerdote, debe darse una respuesta desde las diversas instancias formativas definidas por la Arquidiócesis y deberá corresponder un ambiente comunitario integrador. Hemos hablado más arriba de la gran heterogeneidad necesaria del grupo de formación, debido a la diversidad de procedencias eclesiales, a las diversas edades, a los diversos grados de formación académica, de madurez humana y espiritual, etc. Pero esta realidad tiene también su lado positivo: el grupo, tan variopinto, puede convertirse en una palestra excelente para educarse en el respeto, en la valoración de estilos diversos, en la crítica positiva y en el avance hacia una visión más completa de la Iglesia Ortodoxa y del ministerio presbiteral.  Por ello igualmente se hace necesario e indispensable un lugar ya sea monástico o centro de formación, donde el condimento aglutinante pueda crearse para las vocaciones. Esto nos obliga en toda la Arquidiócesis a proponer un lugar para ello, que será en la ciudad de la sede episcopal de manera que el Arzobispo vea directamente de la formación de los candidatos, sean estos casados (siendo un proceso mas corto no por ello mas intenso) o sean celibatarios.

En este punto a los educadores se les pide, de primeras, un esfuerzo muy importante con relación a los aspirantes al sacerdocio: acogerlos tal como son, es decir, recibirlos y darles todas sus oportunidades en el estado en que la gracia los ha tocado y nos los ha encomendado. Resultaría poco eclesial, e incluso absurda, la postura de recibir o rechazar a priori a los candidatos según procedan de tal o cual grupo eclesial o sean presentados al Arzobispado por tal o cual persona. Esa actitud de acogida incondicional, tan difícil a veces para los mismos formadores, suele ser aún más difícil pero no menos necesaria por parte de los alumnos entre sí. Como objetivo de formación que es, también ha de entenderse como un proceso de conversión a lo largo del tiempo de formación.

Esta realidad en el interior de la comunidad formativa es reflejo de la pluralidad social y eclesial en la que ahora nos toca vivir y hay que afrontarla como un recurso interesante de formación. El futuro presbítero se encontrará con el desafío de hacer comunidad en medio de esa pluralidad. Tendrá que saber respetar la diversidad para que cada uno encuentre su propio lugar, y proponer y alentar al mismo tiempo proyectos comunes. Es decir, tendrá que ser el garante de la unidad en la diversidad, igual como le tocara ser una vez ordenado como presbítero en medio de su Arquidiócesis. Lo podrá hacer sólo si lo ha experimentado en su proceso formativo y si se ha preparado progresivamente en este estilo de vida. La comunidad forzosamente heterogénea puede transformarse en una plataforma interesante para formarse en esa dirección. En cambio, hacerla homogénea a base de exclusiones a priori puede resultar una pérdida de oportunidades en vista a la formación pastoral del candidato.

Todos estamos hoy de acuerdo en que el monasterio o centro de formación es una comunidad humana, una comunidad de fe y una comunidad educativa. Constituirse así y tratar de vivir así es tarea permanente. Se impone el esfuerzo y la vigilancia, pues es fácil caer en los extremos. Y volvemos a las polarizaciones. Así pues como comunidad necesitara de las manos de todos para poder subsistir y para mantenerse, siendo entonces parte de esa misma formación el trabajar sea dentro como fuera de la comunidad formativa para que esta pueda sobrevivir. Sean monjes, o casados, los llamados al sacerdocio Ortodoxo deben tener muy en claro la necesidad de trabajar para vivir.

Este modo de plantear la vida en comunidad supone proyectar y evaluar con lucidez. La forma de ejercer la autoridad por parte de los educadores tiene una gran importancia, sin duda, así como la actitud tomada por los alumnos. Los individuos afines por procedencias, estilos, simpatías, etc. pueden tender de forma espontánea a formar subgrupos "de autorrealización" y los directores de la comunidad pueden tender a contrarrestar el fenómeno con criterios "de observancia". Caminar en la "autotrascendencia" será don de Dios y tarea cotidiana, de manera que sea asi en toda la vida del sacerdocio.

Quisiera hacer una última observación en este punto. El ambiente educativo no es obra exclusivamente de los individuos que componen la comunidad; a él contribuyen también las influencias de fuera. Para lograr un ambiente comunitario integrador es preciso que la comunidad sea abierta y hospitalaria, al tiempo que debe ser desde ya  un medio de cooperación con toda la Arquidiocesis. La educación en gran medida consiste en la selección de influencias. Un monasterio o un centro de formacion, si de veras desea crear un ambiente integrador, debe contar con las influencias de corrientes diversas, de personas diversas, de instituciones y de grupos diversos que forman parte legítimamente de la vida de la Arquidiócesis. Eso se traduce en las salidas y entradas. ¿A dónde acuden los aspirantes? ¿Qué personas entran en el centro formativo?.


PRESENTACION NOTICIAS DOCTRINA ARZOBISPO - SINODO Historia-Mision-Vision Parroquias-Misiones-Vocaciones Sucesion Apostólica FOTOS OTROS SITIOS OTHER LENGUAGES INTERCOMUNION
Progress